Después de catorce horas de viaje llegué por fin a la estación Porte Maillot, en París. Eran poco más de las siete de la mañana y cuando bajé del autobús estaba parcialmente muerta: mis defensas no habían sido las mejores los días previos y el chofer llegó a su turno nocturno con ganas de manejar con aire acondicionado frío. Tenía el cuerpo cortado, los oídos tapados y unas ojeras que parecían más bien bolsas de mandado.

En una banqueta me esperaba Jessy, amiga muy querida de la prepa que no había visto más de dos veces en cuatro años. Había conseguido un colchón inflable para que me pudiera quedar unos días en su cuarto; claro que ninguna de las dos vimos venir al virus. Se había levantado a las cinco de la mañana para recibirme: un alivio, considerando el precio de los hostales franceses.

La única línea de nuestras conversaciones que seguía en mi mente era: “el transporte público de París es carísimo y está feísimo”. Estuve advertida desde una semana antes de llegar, pero aún no me entraba en la cabeza. ¿París? La ciudad tan sobrevalorada y aclamada en América Latina, conocida por su elegancia y vista por muchas personas como inalcanzable, no podía tener un transporte público feo o descuidado. Estoy por fin entrando en tema, un tema que, aunque pareciera absurdo, llamó mucho mi atención.

Metro parís

Metro parís

Pagué veintiún euros por recargar una tarjeta y así viajar toda la semana en metro, tren y autobús; fue la opción más económica, considerando que un viaje suelto cuesta cuatro euros, lo que me hubiera hecho gastar por lo menos ocho euros diarios por cinco días.

La parte curiosa llegó apenas caminé dos metros después de pasar el “torniquete” −al que se puede entrar con un boleto o tarjeta− y abrí completamente los ojos en todas direcciones. Para quien no ha visitado nunca París, o como yo, es primerizo, el metro de ahí es la exacta imagen del metro de mi Ciudad de México. Parecerá que lo que alego es obvio si se asume que hablo del diseño y la composición de las líneas, pero más allá de eso, en el metro de “La ciudad del amor” se viven los mismos problemas e irregularidades que en el STC de la capital mexicana.

Metro París

IMG_7197Es un hecho, desafortunadamente obvio para los mexicanos, que el metro y los trenes de París son mucho más modernos, están mejor diseñados, y respetan perfectamente la puntualidad, si se les compara con los mexicanos. Aún con esto, puedo decir que no hay mucho ejemplo que tomar en un día normal por el subterráneo de París. Al parecer nos han vendido una idea demasiado equívoca de esta ciudad europea, que nos tiene pensando en nuestro metro como el peor transporte público del mundo. Y claro, al mexicano se le da ser malinchista y siempre ponerse debajo del estadounidense, del europeo, del asiático, o de quien sea; pero la realidad es que, en este caso concreto, México no tiene absolutamente nada que envidiarle a Francia, al contrario, puedo decir que después de haber viajado cinco años por debajo del suelo mexicano, su transporte es limpio, rápido y confiable. Claro que son bien conocidas las muchas excepciones a esta afirmación que acabo de hacer, pero después de pisar París, la balanza en mi cabeza sobre las cualidades y defectos del metro en México cambió completamente.

Mi sorpresa comenzó con la limpieza y mantenimiento del lugar: el suelo de las entradas y los andenes está cubierto de papeles y basura que tampoco cabe ya en los botes; pero otras bolsas para basura tienen apenas dos papeles dentro, mientras que las rodean diez. Las personas también acostumbran tirar sus botellas y bolsas de plástico vacías a las vías de los andenes. Los pasillos se salvan: la mayoría de ellos están forrados con mosaicos en tonos blancos y bien iluminados, dan la impresión de ser un baño gigante. Cada tres o cinco metros hay uno o dos espectaculares publicitarios de películas, ropa, perfumes o joyería.

Metro París

Metro París

Todos los señalamientos de direcciones, correspondencias y salidas son perfectos y con lógica comprensible para cualquier persona, francoparlante o no. Este tipo de sistema −que también está en México− siempre me ha parecido absolutamente genial: es imposible no hallar la manera de llegar al lugar que sea. A decir verdad, no sé qué haría el mundo en este siglo sin este tipo de transporte, por lo menos en México ya hubiera explotado la ciudad o hubiéramos tenido que volar.

Metro París Metro PArís

Los torniquetes son una pesadilla: pareciera que la gente se coordina para decorarlos tirando papeles, vasos o cualquier envoltura alrededor. De un tiempo a otro a alguien no le place pagar y se salta, o cruza por debajo. ¿Por qué mencionar esto? Bueno, estoy segura de que muchos, si no es que todos los mexicanos, nos avergonzamos en muchas ocasiones de las personas que manchan la imagen de nuestro país en el rubro o situación que sea; en esta ocasión concretamente me refiero al trato que damos a los servicios públicos. Creemos que somos las únicas personas en el mundo capaces de evadir un pago, no respetar reglas o usar el suelo como bote de basura. Tenemos también tatuado en nuestro pensamiento que todos los europeos o ciudadanos de cualquier país considerado de primer mundo están perfectamente bien educados y a una distancia muy grande de nosotros.

Metro parísMetro parísMetro París

Claro que no estoy hablando con la flecha apuntando a todos los europeos, ni siquiera a una mayoría, o una mitad. En países como Austria, Suiza, y el rey de todos: Alemania, la educación en ambos ámbitos, público y privado, claro que resaltaría sobre todos los países de América Latina. Lo que aquí pretendo es hacer una comparación de un sistema de transporte tan grande e importante, para poner en la tierra esa París ideal e inmerecida por el resto del mundo y sacar del ideal del mexicano que su metro es malo, ineficiente, o algo de lo cual no debe sentirse orgulloso.

¿Quién no ha presenciado por lo menos una vez a la famosa “antorcha campesina” con su ya viejo método mendigando en el metro de la Ciudad de México? Para quien no esté familiarizado con ese concepto, estoy hablando de niños, mujeres, y algunos hombres indígenas de la Sierra Norte de Puebla, que ya desde hace veinte años son forzados a pedir dinero utilizando el volanteo. Trozos de hojas de colores llegan a las manos de los usuarios con mensajes como “No somos ricos, mira nuestros pies”, o “Perdone las molestias que le vengo ocasionando, pido su apoyo ya que no tengo…” impresos.

Bueno, resulta que en el metro de la capital francesa sucede exactamente lo mismo. ¿Quiénes son los personajes en cuestión aquí? Refugiados, refugiados que de alguna manera pensaron en el mismo método de colecta que los campesinos mexicanos y reparten octavos de hoja en busca de centavos de euro. Ver frente a mí asientos vacíos con papeles encima con esos textos en francés −que por supuesto no entendí− me llevó de regreso a mi ciudad. De pronto, en mis ojos estaba viajando por la línea azul que va de Taxqueña a Cuatro Caminos, viendo a personas de rasgos diferentes a los de la mayoría de pasajeros, extendiendo la mano para dar un papel a cambio de una moneda.

Metro Paris

Lo que pude ver en cinco días del subterráneo de París me dejó pensando demasiadas cosas. Antes que otra cosa, me dejó un dolor notable e inexplicable por mi ciudad; el hecho de que identificara las cosas malas como propias no está bien de ninguna manera. Por otra parte, me dio un tremendo orgullo ser mexicana. El metro de la Ciudad de México, más que un medio masivo de transporte y una herramienta indispensable para millones de mexicanos, es un espacio de inclusión, convivencia, investigación, educación y cultura. Tendemos a estar cegados con la autocrítica y la autodesaprobación, pero estoy segura de que independientemente de los errores y las cosas por corregir y trabajar, nuestro metro es un orgullo para la ciudad y para el país. La mala reputación desafortunadamente existe, pero yo me alzo por no dejarnos impresionar por la imagen de otros países, porque en muchas ocasiones, como el caso del metro de París, no está ni por poco encima de nosotros.

Nayeli García

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Nayeli GarcíaNayeli García es estudiante de Comunicación en la Universidad Panamericana. Fotógrafa que inicia su camino en el fotoperiodismo social y cultural aventurándose en Europa. Cuenta historias de Alemania para México en letras e imágenes.