Desperté por segundo domingo consecutivo en un horario siete horas por delante del que tuve durante veintiún años. Venía de una de las noches más largas que he pasado, literalmente: el sábado por fin llegó nuestro primer día de la semana de orientación y, como buen inicio de semestre, se extendió hasta las cuatro (o cinco) de la madrugada de ese fabuloso domingo en el que nos citaron a las nueve y media de la mañana, y claro que era completamente fuera de lugar pensar en llegar siquiera un minuto tarde.

Estoy parada a casi 9 mil quinientos kilómetros de distancia de mi casa, de mi universidad, de mi todo. Estoy en Alemania, viviendo en un oasis del sur que no se acerca ni por poco a nada de lo que vi antes, o a lo que imaginé que podría ver. Esto sonará a que en la siguiente línea viene un nombre conocido, o siquiera alguna vez escuchado, pero al menos para mí nunca lo ha sido. Después de medio año de romperme la cabeza con papeles, servicio social, prácticas profesionales, universidad, y vivir a casi tres horas de la escuela con el tráfico de único amigo, vine por fin a parar a Friedrichshafen.

Una ciudad pequeña de no más de 60 mil habitantes incluyendo los alrededores; claro está, con las calles más vacías que he visto. Pertenece al actual estado de Baden-Wüttemberg, el tercer estado más grande del país en cuanto a población y área, irónicamente. Friedrichshafen vive junto con el Lake Constance, o Bodensee en alemán, que a la vez conecta con los bordes de Austria y Suiza.

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Lo mexicana no me dejó ir y llegué unos diez minutos tarde a la cita, de pena. Ese retraso normalmente no me parecería problema, pero aquí es en verdad algo impensable… obviamente entré a la sala como bicho raro y tuve que ser el centro de atención por unos diez segundos.

Llegamos más o menos unos ochenta… los demás al parecer se habían quedado en la fiesta del día anterior. Era brutal: había que estar loco para haber dormido cuatro, tres, dos horas, y levantarte al día siguiente para subir una montaña.

Llegó el primer camión, o el primer “bus”, como lo llaman los chicos de Colombia –de las personas más graciosas que he conocido en mi vida y que vine a encontrar al otro lado del Atlántico–. Cerca de 70 por ciento del grupo es de alemanes de primer semestre, los demás somos internacionales. Es una combinación extraña pero a la vez divertida: llega el punto en el que ya no te acuerdas con quién tienes que hablar en inglés, en español, en alemán, y si estás escuchando francés o chino. Tres cuartos de grupo se fueron en ese primero, los demás nos quedamos parados en el frío unos cinco minutos. Seis de los alemanes que quedaban constituyen el grupo organizador: una fiesta andante. Sacaron de su coche unas bocinas y de pronto ya había un antro afuera de la universidad, y por supuesto, ya no había frío.

Por fin llegó el camión: cuando entré sentí que estaba en el año 2050. Delante de mí se sentó Jan, un alemán que apenas dice una palabra en todo el día. Está en el comité que recibe a los estudiantes de intercambio y usaba un outfit perfecto: un traje mameluco de cebra, con su respectivo maquillaje, claro.

En un parpadeo de un poco más de media hora (en la que por supuesto iba durmiendo) estábamos cruzando la frontera con Austria y llegando al estado de Voralberg. Es imposible no abrir los ojos con semejante lugar: son avenidas, sí, los que las habitan las llamarían normales, pero para mí fue una nueva memoria. Las casas rústicas decoran las colinas cubiertas de nieve y los árboles faltos de hojas las acompañan.

Bajamos del camión y ya nos esperaba una dotación de cervezas: toman el lugar del agua en la cultura alemana, sólo se toma cerveza, o al menos tiene el primer lugar muy por delante de cualquier otra bebida: a cualquier hora, en cualquier lugar, cualquier día. En todo el mundo corre el rumor de que la cerveza alemana es la mejor que existe, y para mí hasta ahora sí lo es.

El frío era soportable: con suerte ya habían pasado las peores semanas del invierno y estaba en un punto medio. Después del brindis cervecero sin razón, empezamos a subir.

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La montaña Pfänder tiene una altura de 1064 metros hasta la cima. Es un mirador que regala la imagen del tercer lago más grande de Europa central en su colinde con Austria, Alemania y Suiza.

Apenas caminé cien metros con esa inclinación y sentí el desmayo. Claro que sólo era el calentamiento.

No pasaron ni cinco minutos y ya estaba enamorada del lugar que había comenzado a explorar; los campos cubiertos de esa nieve tan cristalina, brillante y perfectamente lisa eran los autores de las ganas de seguir subiendo.

Nunca caminé antes tanto tiempo por tierra tan inclinada: los años de ejercicio fueron solidarios así que subí sin problema… en lo que cabe.

Comencé subiendo con Santiago y su acento del norte de México: él viene de la UP Guadalajara y escogió –no sé pensando en qué– unos tenis formales para subir una montaña nevada. Se necesita sólo sentido común para deducir que por supuesto sufrió esa subida pero prefirió no comprar botas para la nieve y aventurarse así. El ingenio mexicano de improvisar con lo que se tiene lo iluminó y de pronto su selfie stick se había convertido en un bastón de trekking.

Pasó una media hora y ya le había perdido el paso. Caminaba con un colombiano que resultó ser maratonista y subía la montaña como si anduviera por el campo. Después de poco más de una hora comenzaron a llegar las recompensas: qué felicidad, la vista hacia abajo era no menos que perfección. El clima estaba a nuestro favor y las nubes tomaron un descanso para dejarnos apreciar los Alpes suizos. Un cielo tan azul y limpio que acompañaba al fuerte viento que nos congelaba las orejas, colinas tapizadas de blanco y árboles tan altos y fuertes como suponía el lugar. Esa era nuestra atmósfera, nuestra realidad, nuestro instante.

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Llegamos a la mitad del camino. Aunque pareciera sin sentido, todos teníamos calor y la mayoría se había quitado una capa de ropa. La pausa fue breve, pero fue paz para nuestros pulmones. Después de cinco minutos continuamos avanzando hacia arriba: cada metro escalado se sentía más frío, pero con eso el paisaje también era cada vez mejor, más hermoso, más perfecto. Caí en cuenta de que había una zona habitacional de cabañas y que muchas familias europeas pasaban ahí las últimas semanas del invierno, arrastrando sus trineos y cargando su equipo para esquiar sobre las colinas, para después deslizarse en la nieve. Era una ciudad miniatura con autos, restaurantes, estacionamientos y una que otra tienda.

De pronto todos ya tenían puestas sus chamarras otra vez. La ola de calor se había ido. El grupo cada vez estaba más dividido y yo hacía mucho que le había perdido el paso a Santiago.

Un campo de esquí se asomó en el camino: hombres, mujeres y niños se deslizaban cual profesionales en un suelo lo suficientemente inclinado para que cualquiera de los latinoamericanos presentes se hubiera roto los huesos, un pequeño espectáculo gratuito. En las zonas del norte de Europa los deportes en la nieve tienen la misma fama que el surf o voleibol en la playa: el esquí, snowboarding y descenso en trineo son los tres que pude ver en la montaña, en vivo por primera vez en mi vida. Parecía tan normal para esas familias… una muestra más del abismo cultural entre mi casa y la suya, de maravilla.

Las personas nos miraban curiosos, y supongo que preguntándose por qué estábamos subiendo la montaña a pie cuando pudimos tomar el teleférico. Se veían tan frescos y caminaban sin ningún cansancio. Yo ingenuamente me pregunté: “¿será que también subieron a pie?”. Por supuesto que no, ¿qué otra persona que no fuera estudiante aventurero subiría a pie a esquiar?

En un momento el camino tan claro se había dividido en tres o cuatro posibles, los guías al parecer habían ido todos al frente y quienes pasábamos por esa doble y griega nos reuníamos para ver si alguien tenía una mínima idea de a dónde había que ir. Un grupo de unos seis alemanes regresó por nosotros y nos ayudó a volver a encontrar el camino marcado. Para ese momento yo ya había pensado tres o cuatro veces que estaba a punto de llegar a lo más alto, y todas ellas me había decepcionado.

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Katie es una de las tres niñas de Estados Unidos que también están de intercambio en Alemania. Es callada y parece siempre tener frío. Las dos tuvimos la suerte de perdernos al mismo tiempo y así se aligeró el peso. Tres familias pasaron una tras otra caminando y decidimos seguirlas, de todos modos no había muchas opciones a donde ir.

De un estacionamiento a unos diez metros se escuchaba música. Habíamos llegado por fin, aunque por otro camino, al punto de encuentro final. La mitad del grupo no estaba y una buena parte de esa mitad se había perdido en el camino. Yo sólo pensaba en Santiago y sus zapatos de broma que en ninguna vida iban a llegar a ese punto.

Después de subir 1064 metros a pie, el frío era de los peores que he sentido en mi vida, tenía hambre, sed, y necesitaba urgentemente un baño.

El vino caliente ha sido mi mejor amigo desde que pisé este país y estoy agradecida con la persona a la que se le ocurrió, quien quiera que haya sido. Después de dos vasos y dos sándwiches de queso cremoso, nos dieron la noticia de que bajaríamos en el teleférico. Los cuatro euros mejor gastados hasta ahora: en ese momento hubiera preferido dormir en la montaña antes que bajar todo lo que había subido y claro que no dudé en pagar.

El camino a la estación del teleférico fue el premio mayor: llegamos al mirador final que regala una vista del Lake Constance tocando tierras austriacas y alemanas. Los rayos de sol atravesaban las nubes que ya se habían vuelto a formar en el cielo, y los montes nevados mandaban una brisa de paz detrás de la formación de pinos que cubría a la montaña. Definitivamente había valido la pena.

Santiago apareció muy calmado cuando comprábamos los boletos para bajar. Respiré. Por supuesto que se le notaba a kilómetros que había sufrido, y mucho, pero ese selfie stick convertido en bastón seguro ayudó mucho.

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Nayeli GarcíaNayeli García es estudiante de Comunicación en la Universidad Panamericana. Fotógrafa que inicia su camino en el fotoperiodismo social y cultural aventurándose en Europa. Cuenta historias de Alemania para México en letras e imágenes.