si no tengo las agallas de tocar el claxón para quejarme de su prepotencia, ¿cómo voy a tenerlas para exigir lo que por derecho nos corresponde a todos: seguridad?  // CNN México

si no tengo las agallas de tocar el claxón para quejarme de su prepotencia, ¿cómo voy a tenerlas para exigir lo que por derecho nos corresponde a todos: seguridad? // CNN México

Eran las seis de la tarde. Yo iba en mi coche y acababa de entrar el Periférico por la primera entrada de Las Flores. Usualmente el trayecto a partir de ahí hasta mi casa en San Jerónimo me toma alrededor de 10 minutos. Sin embargo, esta vez me tomó más del doble. Y no, no era quincena y tampoco había habido un choque.

Poco antes de llegar al puente de Luis Cabrera, noté que los coches que venían en el carril derecho se desviaban al del medio; por un momento pensé que se trataba de un accidente. Y después vi la realidad…Dos policías se encontraban parados en la salida de la Supervía con sus motos obstruyendo el paso. Los oficiales platicaban entre ellos mientras movían descuidadamente sus manos para indicarles a los coches que se pasaran a otro carril.

Esta no es la primera vez que me pasa esto. Varias veces me he encontrado con tráfico porque un par de policías deciden por sus pantalones instalarse a la mitad del carril para pararse a platicar. Como si la Ciudad de México no tuviera suficiente tráfico de por sí.

Siempre he dudado de las capacidades de los policías. Se supone que debe de ser una institución que inspira respeto y autoridad. No obstante, en cuanto a mí respecta, inspira temor y desprecio.

Hace poco más de un año me encontraba en la calle esperando a que pasaran por mí cuando un policía, desgraciadamente, me tomó por sorpresa. Había un paso peatonal cerca de donde yo me encontraba y una acera que dividía el carril que iba hacia al sur del carril que se dirigía al norte. Mientras esperaba noté que un policía de tránsito trataba de cruzar la calle y, cuando llegó al camellón, en vez de cruzar por la calle, caminó un poco más –cosa extraña para la mayoría de los peatones- y cruzó por la cebra. Esa fue la primera sorpresa.

Acto seguido, al darse cuenta que un grupo de personas intentaba cruzar pero no encontraba el momento para hacerlo, el policía tomó el asunto en sus manos y paró el tráfico –de ambos lados de la acera- para ayudar a que las personas cruzaran toda la calle. Sé que no debería de ser un gran asunto, después de todo esa es la labor de los policías. Sin embargo, después de ver docenas de veces que los que manejan el tráfico son los viene-vienes en vez de los policías, un acto profesional por parte de ellos me es sorpresivo.

Esto, tristemente, no significa que les haya perdido el miedo. Después de todo, yo pertenezco al 69 por ciento de los mexicanos que no confían en la Policía1. Cada vez que paso a lado de, ya sea, una patrulla, moto, camioneta y simplemente oficiales parados en la calle, me pongo nerviosa. En algún momento de mi vida tenía que caminar un tramo de Luis Cabrera para llegar a mi casa y durante el trayecto forzosamente tenía que pasar por La Casa Popular, la cual constantemente estaba vigilada por agentes de la fuerza federal. De todo el trayecto que tenía que hacer, ese era en el que me daba más miedo ¿por qué?

El Diccionario de la Real Academia de Lengua Española define la palabra policía como “cuerpo encargado de mantener el orden público y de cuidar de la seguridad de los ciudadanos”. No obstante, la palabra ‘policía’, para mi, tiene un significado totalmente diferente. No dudo que haya oficiales allá afuera que ‘mantengan el orden público’ y ‘cuiden la seguridad de los ciudadanos’ pero en lo que a mi respecta, pocas veces he visto alguno.

Para mí la palabra ‘policía’ está asociada con las palabras corrupción, mordida, miedo, homicidio, secuestro y abuso de poder, entre muchas otras. ¿Por qué? Constantemente leo en el periódico sobre agentes oficiales que estuvieron involucrados en algún homicidio o secuestro; he presenciado más de una vez policías que ofrecen arreglar el asunto de una “manera más fácil”; he atestiguado su falta de profesionalidad y abuso de poder a lo largo de los años de mi vida –un ejemplo claro es el primero que mencioné en el artículo.

No llevan casco cuando manejan una motocicleta, prenden la sirena a la mitad de un embotellamiento para pasar más rápido, platican entre patrullas con sus micrófonos en la madrugada, alteran el semáforo a su gusto y prefieren hablar por teléfono en vez de atender el tráfico. Se supone que deben de ser un ejemplo para la sociedad.

En Estados Unidos ha habido varios escándalos que involucran a la policía en los últimos meses, la mayoría de ellos se trata de un asunto racial. No obstante, a pesar de esto, el 52 por ciento de los estadounidenses aún confían en sus agentes de seguridad; eso representa un 21 por ciento más que los mexicanos, es decir, casi el doble. Y eso que ha sido el porcentaje más bajo en 22 años.

En mi columna pasada terminé diciendo que México me dolía porque no tiene líderes que realmente deseen lo mejor y porque es definido como corrupto por otros países. Sin embargo, me faltó agregar algo: México me sigues doliendo. Me duele que no tenga policías que realmente garanticen su bienestar. Y me duele todavía más que no pueda hacer algo para mejorarlo porque, si no tengo las agallas de tocar el claxón para quejarme de su prepotencia, ¿cómo voy a tenerlas para exigir lo que por derecho nos corresponde a todos: seguridad?

1 Dato obtenido de CNN México.

Con información de Gallup y Huffington Post.

Maite Mainero