Marcha por Ayotzinapa | Ana Ávila

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Imagínate esto: estás sentada enfrente de una persona que vive al otro lado del mundo, tiene una mentalidad completamente diferente a la tuya y no habla tu idioma. Ahora esta persona te pregunta por qué México está como está: ¿qué le dices? Y, ¿cómo se lo dices?

El miércoles de la semana pasada se presentó una increíble oportunidad: tuve el privilegio de servir como anfitriona a una hindú que acababa de llegar hace pocos meses de India y quería un poco de compañía. El plan original es que yo le diera un tour por las instalaciones de la Universidad Panamericana pero tuve el error de no pensar como mexicana: el clima no es nuestro mejor amigo.

Para las doce de la tarde, la hora de nuestra cita, el cielo estaba completamente nublado y estaba prácticamente diluviando. El tour, pensé yo, quedaría suspendido. No obstante, la mentalidad de mi acompañante era un tanto diferente. Bini, una mujer con clásicos rasgos y vestimenta hindú, estaba dispuesta a esperar que la lluvia pasara y, mientras tanto, nosotras tomábamos un café. Fue el café más interesante que he tomado en mi vida.

Tú, como residente de un país y perteneciente a cierta cultura, tienes una mentalidad establecida; y, aunque no estés consciente de ello, prácticamente no te sales de ella. Para mí, que he vivido toda mi vida en una misma ciudad y vecindario, fue completamente novedoso e interesante escuchar historias de una mujer que vive al otro lado del mundo, que pertenece a una cultura y una religión totalmente diferente, y que, por lo tanto, tiene una mentalidad absolutamente diferente a la mía. Además de que, se debe de añadir, ninguna de las dos hablábamos nuestras lenguas maternas sino el idioma mundialmente conocido: el inglés.

Es por eso que cuando me dijo que un estadounidense le advirtió de venir a México por la seguridad tuve tanta dificultad en explicarle qué es lo que pasaba. “México no ha tenido el mejor año de su historia”, afirmé, pensando arrogantemente que sabía por lo que habíamos vivido en los últimos trece meses. Pero no tenía idea. Los 43 estudiantes, las manifestaciones, el rencor y el enojo de los mexicanos eran algo totalmente desconocido para ella.

¿Cómo le explicas a una mujer que no habla tu misma lengua, que no se viste ni come como tú, que no tiene tu ritmo de vida y no entiende tu clima, que su cultura y su religión son completamente externas a ti, algo que tu prácticamente tampoco entiendes? ¿Cómo le explicas todo el rencor que hay detrás de los mexicanos; todo el enojo que tenemos? ¿Cómo le explicas la desesperación y la tristeza? Sí, todo país tiene sus propios problemas, pero la clave está en la palabra ‘propios’, no ‘problemas’.

León Tolstoi, autor e intelectual ruso, afirma en la primera oración de su libro Anna Karenina que: “todas las familias felices son felices de igual manera; todas las familias infelices son infelices en su propia manera”. Esto mismo se puede traducir a los países en el mundo. Todos los países prósperos son de esa forma por las mismas razones: no hay corrupción, hay un sistema de justicia y tienen una economía estable y por lo tanto buenos servicios para la población. Los países no prósperos, sin embargo, son de esa forma por distintas razones; en el caso de México se podría reducir a dos cosas: corrupción e inseguridad (es decir, narcotráfico).

Y cual familia disfuncional, solamente puedes entender los problemas de un país si vives en él. Si no lees todos los días sobre el robo de dinero por parte de los políticos, los muertos en las calles por el narcotráfico, la impunidad y la injusticia con los grandes empresarios, la pobreza en la calle y el rencor en las miradas, no puedes entender qué pasa en México y mucho menos por qué.

Así que: una persona que vive al otro lado del mundo, tiene una mentalidad completamente diferente a la tuya y no habla tu idioma, te pregunta por qué México está como está: ¿qué le dices?

Maite Mainero