Foto: en.wikipedia.org

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Primero todos éramos iguales.

Hombre y mujer. Humanos.

La única diferencia entre nosotros era eso: el sexo.

Después hubo un líder del clan. Alguien que guiaba en la caza. Alguien que había sido escogido no por azar, sino por atributos.

Y fue ahí cuando la separación comenzó.

Después se crearon las ciudades. Y con eso vinieron jerarquías concretas.

El guía pasó de ser un mero líder a ser un gobernante. Alguien con poder absoluto e indiscutible. Fue ahí cuando surgieron los siervos. No fue por azar, sino por atributos. Personas que no eran las indicadas para liderar el país pero tenían otras cualidades.

Y de ahí vino la herencia. Los atributos importan, sí, pero la sangre y los antecedentes también. Empieza haber injusticia y suerte: te tocó ser hijo de gobernante o te tocó ser hijo de siervo, no hay nada que puedas hacer al respecto.

Después vino la monarquía. El abismo, la diferencia entre los humanos, se crea. Se pierde la sensibilidad hacia la misma especie y se crea un molino de creencias no fundamentadas y pretenciosas. El monarca no necesariamente está donde está por sus atributos y sus capacidades, sino por suerte, por cuestiones del azar. El siervo, por otra parte, está en dónde está por las mismas razones.

Y aquí no hay manera de avanzar. Nacido esclavo y esclavo serás. Nacido príncipe y gobernarás.

Después viene el capitalismo y con eso la lucha de clases. Hay un avance, no obstante no en todos los países. Un hombre que nace sin dinero pero tiene capacidades puede llegar a ser alguien en países desarrollados como Estados Unidos. Un hombre que nace sin dinero pero tiene capacidades probablemente se quede en donde está en países como México.

El abismo ha crecido; si es que es posible. Existen hombres como John D. Rockefeller, quien tenía una fortuna de 345 mil millones de dólares. Muchos que trabajan todo el tiempo pero no ganan ni el salario mínimo. Otros que ni siquiera tienen posibilidad de trabajar y mueren de hambre.

El abismo es abrumador ahora. Y no sólo porque hay hombres ricos y hombres pobres, porque hay gente con docenas de propiedades y otros que no tienen un techo sobre sus cabezas. Sino por algo todavía peor; después de todo, el dinero que ganó Rockefeller fue producto de su trabajo arduo y su astucia. Hay personas que con pegarle al balón ganan millones de dólares en un mes. Doctores que con una cita de 15 minutos en las que no detectan nada cobran más de mil pesos. Cantantes que ni siquiera cantan cobran millones por un concierto.

Pero, por otro lado, hay personas que trabajan de sol a sol y no les alcanza para comer. No les alcanza para pagar una casa. No les alcanza para darles oportunidades a sus hijos.

Primero éramos iguales. Ahora apenas y hay algo en común.

Maite Mainero