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Imagen: Pablo Monroy

Para introducirte al corazón de la Ciudad de México primero debes atravesar, acompañado de una plegaria, los cinturones de pobreza que habita el lumpenproletariado, que en un futuro no muy lejano amenazan con asfixiar a la que fuera conocida como “La ciudad de los palacios”.

Después de haber librado el cerco de casuchas cimentadas en “la-esperanzanunca-muere” (versiones urbanas de la Luvina rulfiana), sin darte cuenta ya estás dentro de la ciudad o su complejidad ya está dentro de ti.

Al andar por sus calles, colonias y barrios, mutables y expectantes, de inmediato observas que es una ciudad donde conviven las contradicciones: al sur, las majestuosas y verdes aldeas residenciales. Ves desfilar a la vanidad y al poder escoltados por la lástima de los niños harapientos y los perros famélicos. Los extremos se toman de la mano: la ciencia con la superstición, la riqueza con la pobreza inacabable, el hambre con la gula, la vida con la muerte.

La visión es grotesca, “pero -te contestas apático- esto sucede en todo el mundo”. Sin embargo, en la Ciudad de México se convulsionan varios mundos. Unos aplastando a otros, y estos luchando en desigual contienda por resurgir de sus cenizas, como una especie de maltrecha ave Fénix, en un ciclo interminable. El ambiente que respiras, amén de los contaminantes que tiempo hace se rebelaron contra “la región más transparente del aire”, te dan la sensación de que algo está por suceder, pues la amaestrada intranquilidad se balancea cada segundo con peligro de desbordarse incontenible.

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Imagen: Pablo Monroy

Es como si la ciudad estuviese preñada y a punto de parir en cualquier momento… en cualquier momento.

Por las noches, el choque del pedernal con el acero castellano no deja descansar a la enorme urbe… el sueño dura apenas un suspiro.

Por las madrugadas observas desde la cúspide de la Latinoamericana cómo sus habitantes se deslizan hacia el valle como oleadas de cobre derretido.

Aquí todo el mundo tiene pris… ¡quítese pen..!

Los encuentros son fugaces. Las miradas no pueden contemplarse unas a otras porque entonces son indicio de violencia.

En el transporte público, que viaja atestado y sudoroso, la agresión espera expectante el momento idóneo para irrumpir en el silencio.

La horda de limpiaparabrisas, los hijos de la calle, los indigentes que mueren atropellados en las noches de luna llena mientras un grupo de encadenados al móvil persigue a un escurridizo pokemón.

Seres en los que se reproduce el suplicio de Prometeo. Unos a otros se tienen compasión y a la vez repulsión. El racismo se encuentra oculto y omnipresente. Los híbridos de esta sociedad son escandalizados y apartados.

Ahora zigzagueas entre los cientos de puestos de vendedores que se apilan por las céntricas calles y avenidas como enormes culebras multicolores (quizá en homenaje a la Serpiente Emplumada), en donde se ofrecen todo tipo de productos y servicios: desde drones hasta “limpias” del chamán citadino.

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Imagen: Pablo Monroy

Visitas los exclusivos centros comerciales de la parte sur de la ciudad. Los visitantes-consumidores a estas plazas son seres clonados de los protagonistas de las series de entretenimiento o de los estándares que marca la influyente publicidad de lo que debe ser el hombre y la mujer contemporáneos: polifacétic@s, emprendedor@s e hiperguap@s. Este es el imperio donde las marcas comerciales jerarquizan a las clases sociales.

Al encontrarte en las orillas de la ciudad experimentas el sentimiento ambivalente de quedarte para siempre o largarte lo más pronto posible. Esta megalópolis tiene un extraño magnetismo que embelesa a sus seguidores.

Lo que no sabes es que esta ciudad exige se le rinda culto. Esta ciudad está acostumbrada, desde que tiene memoria, a que se le ofrezca a diario un sacrificio, porque de lo contrario se queda uno postrado ante ella y condenado a padecer su inclemencia.

FOTO JOSE LUIS LÓPEZJOSÉ LUIS LÓPEZ AGUIRRE

Profesor investigador en la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana. Es un apasionado del buen periodismo y un entusiasta migrante digital interesado en las nuevas tendencias periodísticas, educativas y tecnológicas.

Este ensayo fue publicado en la tercera edición de la revista Zaguán Literario. Puedes leer más relatos haciendo click aquí.