Sí, Kanye West anunció su futura candidatura a la presidencia de los Estados Unidos; Sí, Miley Cyrus dejó boquiabierta, una vez más, con su atrevido vestuario (o carencia de uno) a la opinión pública; y sí, nuevamente los MTV Video Music Awards lograron reunir a millones de espectadores en frente de sus televisores, computadoras o dispositivos móviles. Sin embargo, personalmente, no fue ninguno de los hechos mencionados anteriormente que marcaron la entrega de premios de este año, sino otro llamó mi atención.

Con un total de 17 categorías entre los que compiten los artistas más influyentes y reconocidos de la industria musical en la actualidad, es evidente que no todos los premios pueden ser presentados en la ceremonia principal, por lo que algunos de ellos se develan en la alfombra roja previo al evento. En esta ocasión, uno de esos fue, muy a mi sorpresa, El Astronauta a “Mejor video de Rock”. Es ahí donde comienza mi conflicto.

Está claro que desde la primera entrega de los VMA’s en 1984, su objetivo ha sido galardonar a lo mejor de la cultura pop. No obstante, desde su introducción cinco años más tarde, el premio a “Mejor video de Rock” se convirtió en uno de los más esperados año tras año. De ello resulta que entre los ganadores de esta categoría se encuentren canciones que al día de hoy se consideran de culto entre los fanáticos de este género musical, como Sweet Child o’ Mine (1989), Enter Sandman (1992), o In the End (2002).

Incluso en la última década, dicho premio ha sido disputado por agrupaciones internacionalmente aclamadas que hasta la fecha se presentan en arenas y estadios con localidades agotadas alrededor del mundo –es el caso de Green Day (2005, 2009), Thirty Seconds to Mars (2010, 2013) y Coldplay (2012)–.

Fue por el nombre de las canciones y artistas que acabo de enumerar, y lo que éstas representan, que no logré comprender por qué el premio a mejor video de “Rock” del año 2014 fue otorgado a la joven interprete neozelandesa Lorde, por su video Royals. Art pop, electro pop, y minimal pop (sea lo que eso signifique) son algunos de los géneros entre los cuales se clasifica dicha canción, todos con la misma palabra en común: pop. No rock.

Como aficionado al rock que soy, decidí esperar un año y darle a MTV una oportunidad de redención. Desgraciadamente, fue mucho peor de lo que esperaba. Por medio de un tweet, me enteré que el ganador del “Mejor video de Rock” de este año era Uma Thurman, de la banda chicaguense, Fall Out Boy (FOB). Para no entrar en una discusión aun mayor, dejaré de lado el debate de si FOB ha pasado de ser una banda insignia del punk rock, a convertirse en una más de las agrupaciones Pop que pululan en la radio.

El conflicto, por esta vez, no recae en el artista o la canción. Fue el hecho de haberme enterado del ganador por medio de un breve tweet minutos antes del inicio de la ceremonia principal, el causante de que mi malestar se extendería durante toda la entrega de premios; y fue ahí donde encontré la respuesta a todas las preguntas que me hacía en ese momento.

Tal vez el tiempo que se hubiera utilizado en la presentación del premio, los nominados y el ganador, así como el discurso de aceptación por parte de Pete Wentz y Patrick Stump, integrantes de FOB, fue mejor empleado en cada uno de los cambios de atuendo de Miley Cyrus que, como si de un acto de magia se tratara, desaparecía cada vez más y más prendas. Quizá esos escasos cinco minutos omitidos sirvieron para dar paso al emotivo discurso de Kanye West y su tan esperada reconciliación con Taylor Swift; o puede que la ceremonia no habría sido la misma sin la mirada amenazadora que Nicki Minaj lanzó a la presentadora Cyrus.

Esa es la respuesta. La música en su conjunto canción/video pasó a un segundo plano. La industria musical, al igual que muchas otras, se ha desinteresado en la calidad del contenido para concentrarse en lo que vende. Un joven Patrick Stump, casado con su novia de preparatoria y cuyo único vicio es componer canciones e interpretarlas, no luce tan bien en pantalla como un polémico rapero o la polémica Miley, que ya no es la niña que comenzó su carrera en la televisión infantil y ahora incoa sus canciones con líneas como “Sí, fumo marihuana”.

Me quedo con la tranquilidad de saber que no soy el único que piensa de esta manera. Billie Joe Armstrong, cantante y guitarrista de Green Day, así como ídolo de un servidor, se expresó de esta manera de lo visto en los Video Music Awards de este año: “acabo de ver los VMA’s. ¿En serio MTV? Ni una sola banda juvenil de Rock n Roll”

El Rock causó una revolución en la música. En cambio, ahora es galardonado en las alfombras rojas, mientras los flashes de las cámaras se concentran en capturar el nuevo peinado que él muestra o los tacones que ella se puso o viceversa.

¿Es este el futuro del Rock? ¿En manos de quién queda el legado de Presley, Lennon, McCartney, Bowie, etcétera? ¿Triunfarán por fin todos aquellos que durante años han perseguido este género música con unas variaciones de él más que otras?

Estoy en la seguridad de que  si algo ha demostrado el Rock es que nunca morirá. Se transformará, sí, cambiará de nombre, atuendos, íconos, pero siempre estará presente. De la misma manera estoy seguro que la estafeta pasará de banda en banda, cantante en cantante y todos estarán de acuerdo que lo último que importa es una entrega de premios, tenga el nombre que tenga.

Héctor Tapia Martínez

@toytapia