El Estado de México, gobernado por el priista Eruviel Ávila Camacho, es la entidad con mayor incidencia delictiva de todo el país, apuntando en 2014 un total de 240 mil 833 delitos. Por otra parte, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre 2014 y el periodo de enero a octubre de 2015 se registró una disminución de casi 30 por ciento de la incidencia delictiva.

Esto no necesariamente quiere decir que el número de delitos ha disminuido: de acuerdo con datos de La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe), emitida en septiembre de 2015 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se estima que en 2014 se denunció sólo 8.8 por ciento de los delitos, mientras que 91.1 por ciento restante no fue reportado.

Al mismo tiempo el Estado de México presenta la mayor tasa de percepción de inseguridad: 90 por ciento, habiendo aumentado seis por ciento desde 2012.

Con la inseguridad crece la desconfianza: los ciudadanos mexiquenses hace tiempo dejaron de apostar por las autoridades, porque están casi seguros de que iniciar un proceso no llevará a ningún lado. Aún así, hay quienes se embarcan en esa ardua labor para convertirse en la excepción. Tal es el caso de Lilia y Óscar, dos víctimas que apenas engrosan las estadísticas delictivas y el porcentaje de denuncias. Ambos nos contaron sus historias y compartieron la que fue su realidad dentro del estado con mayor índice delictivo del país.

«A mí nunca me va a pasar»

Contarlo produce en ella un nudo en la garganta y un agujero en el estómago casi imposible de cubrir. Hoy, pasados tres años, recuerda el suceso con el mismo miedo, desesperación y dolor como si hubiera sido ayer. Se ve cansada, tiene las ojeras muy marcadas y las arrugas inundan su rostro y cuello. Su cabello es corto, despeinado y está teñido de rojo; su tez es blanca, sus ojos color marrón y tiene labios pequeños que resalta con un labial rosa.

Es una mujer nerviosa, tiene su bolsa de mano en las piernas y la protege con ellas. Encorvándose ligeramente da grandes sorbos a su café, con ambas manos toma la servilleta y se limpia los labios. Sus manos son inquietas, toma muchas cosas y hace muchos ademanes al hablar.

Comienza a relatar su historia en una famosa cafetería ubicada en la Avenida Lomas Verdes. El relato se sitúa en 2012, exactamente en el día martes 16 de octubre. El reloj marcaba diez minutos para el medio día y Lilia comenzaba a cocinar mientras su hijo Víctor hacía un poco de limpieza en la casa.

Lilia pasaba su día como cualquier otro, despreocupada y atendiendo la cocina como buena ama de casa. Jamás le hubiera pasado por la cabeza que ese sería uno de los peores días de su vida y que ella se convertiría en una víctima más de la delincuencia, un dígito más de las cifras. Para ella el crimen era cosa de otras personas: nunca le iba a pasar, no a ella.

La entrada fue muy fácil. Tocaron el timbre, se presentaron como trabajadores del Organismo de Agua Potable, Alcantarillado y Saneamiento de Naucalpan de Juárez (OAPAS) diciendo que iban a revisar el medidor. Con confianza y credulidad su hijo salió y abrió la puerta. El hombre que tocó le chifló a otro y ambos entraron a la casa tranquilos. Ella estaba cocinando como parte de su rutina cuando se percató de que ambos hombres estaban dentro. “Nosotros no veníamos a secuestrarlos ni a robarles pero como su vecino no nos abrió, venimos por ustedes”, les dijeron.

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Al ser la delincuencia una situación cotidiana, Óscar tampoco fue la excepción. Óscar es un hombre de 43 años, que si bien los aparenta, se ve agotado. Tiene grandes ojeras debajo de sus ojos color café y tres grandes arrugas en su frente. Su cabello es sumamente corto, de color negro, su tez es morena y tiene labios delgados.

Viste un pantalón de mezclilla oscura, camisa negra y zapatos color negro; en su muñeca lleva un reloj grande, también negro: para él su tiempo es importante. Es un hombre serio y muy reservado, se limita a responder lo que se le pregunta sin dar mayor detalle. Utiliza pocos ademanes para expresarse y aunque su voz es varonil, es suave.

Sentado en la sala de su hogar nos mira directamente a los ojos, se lleva una mano a la cabeza y dirige su vista hacia la ventana. “¿Que cómo fue? trato de no hablar de ello, pero sí, lo recuerdo como si hubiera sido ayer”.

Óscar es un hombre que se preocupa por su salud y como parte de su rutina diaria asistía a un gimnasio ubicado a un costado de Las Torres de Satélite. Era la noche nublada del jueves 20 de junio de año 2013 y eran ya las diez de la noche. Óscar iba saliendo de dicho lugar y se dirigió a la parte baja de éste. Ahí hay un estacionamiento para los usuarios del gimnasio. Él se acercó a su camioneta y al momento de abrir la cajuela para meter su maleta deportiva escuchó cómo una camioneta –Honda CRV– se estacionó violentamente detrás de él. De inmediato descendieron de ella cuatro sujetos con armas de fuego. “Esa camioneta era color gris y seguramente era robada… ¿De donde más podrían haberla obtenido?”, nos comenta mientras hace un gesto de desaprobación.

Óscar volteó y lo primero que escuchó fue “Ya valió madres, danos todas tus cosas”. Los sujetos actuaron rápido, algunos entraron a la camioneta y sacaron todo lo de valor que había en ella y otros tomaron todo lo que estaba en la cajuela, él no puso resistencia. “Al contrario, dejé que los muchachos hicieran su trabajo”.

Naucalpan registró la mayor cantidad de robos con violencia por cada cien mil habitantes en 2014 y su tasa se colocó 275 por ciento por encima de la tasa nacional, según la Envipe.

Lo peor estaba por llegar. Los delincuentes amenazaron a Óscar y después de eso le dieron una lección que jamás olvidaría. “No conformes con que se llevaron todos mis bienes, uno de ellos a una altura de dos metros me disparó directamente en el labio y además entre todos me golpearon hasta dejarme prácticamente inconsciente en el suelo”.

El disparo le ocasionó a Óscar la destrucción completa del surco labial y un sangrado abundante que no paraba y que llegó a nublarle la vista. Ya no sabía qué hacer, se sentía perdido.  

2

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Según cifras oficiales de la Procuraduría General de Justicia del Estado el total de denuncias en el municipio ha disminuido en más de 4000 en el periodo 2013-2014. Los números también indican que el total de denuncias continúa a la baja y muestran un declive notorio en lo que va del año 2015. Todo parece indicar a simple vista que la seguridad en Naucalpan va a la alza y que cada mes un número importante de delitos desaparece.

Lilia piensa que les dijeron eso para quitarles el miedo porque en realidad sí iban por ellos. La obligaron a poner su joyería en la mesa del comedor y  la condujeron junto con su hijo al piso de arriba. Los cuatro entraron en la habitación principal y los asaltantes sentaron a Lilia y Víctor en la cama con la vista baja. Se escuchó un fuerte “¿Qué es lo que tienen?” mientras volteaban todos los cajones.

Vaciaron el buró y el tocador. Hablaban con palabras altisonantes, burlas y sarcasmos. Sacaron unos calcetines de su esposo y tomaron algunas cosas, voltearon el lugar por completo. Lilia guardaba no más de 3 mil pesos en efectivo y 117 dólares. Los ladrones se molestaron al darse cuenta de la cantidad. Era poco para ellos, “era una pobretona”.

Los tenían sentados en la cama con la vista baja y les ordenaron no levantarla. En ese momento comenzaron las amenazas: querían más y era todo lo que ellos tenían. Lilia lleva poco más de 40 años de matrimonio y lo único que guardaba eran las joyas de la familia. “No fue tanto lo que se robaron en material, sino en valor sentimental”, nos comentó.

En ese momento no sabía qué hacer, no podía pensar claramente. Se le ocurrió llorar para provocar que se fueran pero en lugar de eso le dieron un leve golpe en la cabeza. “No llore, esto no es más que otro trabajo”. El miedo en madre e hijo aumentaba al ritmo de los segundos del reloj y por si lo anterior hubiese sido poco, una tercera persona vigilaba la entrada. Su posibilidad de salida era nula. Lilia está segura de que ese incidente no fue improvisado, que la vigilaron por días o incluso semanas, no sólo a ella sino a toda la cuadra.

En el caso concreto de Lilia se trata de la colonia Boulevares en el municipio de Naucalpan. Durante años las zonas residenciales de Naucalpan de Juárez se consideraron la cuna de la seguridad y uno de los lugares en donde se percibía mayor confianza a las autoridades dentro del peligroso Estado de México.

“Vino la humillación,  te sientes  vulnerable, no se queda en que solamente voltearan toda tu casa, va más allá”. Nos comenta mientras tomamos un café en una famosa cafetería del municipio. Con el celular de su hijo Víctor los asaltantes les tomaron fotografías de frente con los ojos cerrados; les advirtieron tener sus rostros en caso de que los denunciaran. El infierno eterno de ese día por fin terminó, venía ahora la segunda parte.

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Óscar, dentro de su inconsciencia escuchó cómo uno de ellos lanzó las llaves de la camioneta a la azotea de una casa y el rugido del motor delató la huida de los asaltantes. Como pudo, le habló al hombre que cuidaba los coches y lo mandó por las llaves de la camioneta mientras encontraba fuerzas para levantarse.

Óscar dice que al lado del estacionamiento del gimnasio hay una caseta de vigilancia, la cual en ese momento estaba ocupada: “no sé como explicar esto, pero sí había una caseta en la que la luz estaba prendida y dentro de ésta había un policía, vio absolutamente todo y ¿sabes qué hizo? Nada, absolutamente nada, no movió ni un solo dedo, fue como si esa caseta hubiera estado vacía”.

Según el reporte de información de incidencia delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) emitido en 2014, Naucalpan es el municipio número uno del Estado de México en delitos de robo con violencia, incluso por encima de Ecatepec de Morelos.

Lo primero que hizo al llegar a casa fue reportar todas sus tarjetas como robadas y dar parte al banco para que bloquearan todas sus cuentas. “Ahí estaban mis ahorros de toda la vida y el patrimonio completo de mi familia, da coraje que uno se gana la vida con esfuerzo y de la noche a la mañana llega alguien a querer arrebatártelo todo”, dijo Óscar mientras se llevaba ambas manos a la cara.

Cuando terminó la protección del patrimonio familiar su esposa lo llevó al hospital Star Médica ubicado sobre la avenida Lomas Verdes directamente a Urgencias. En el momento que llegó, el personal lo atendió rápidamente.

–¿Cuál es su urgencia?

–Impacto de bala.

¡Rápido, llamen al médico en turno!

Óscar dice que todo sucedió muy rápido. El médico en turno lo revisó y le hizo pequeños exámenes para comprobar sus signos vitales, después de su valoración determinó que el encargado de su caso debía ser un cirujano plástico.  

El cirujano plástico hizo su trabajo. Lo revisó rápidamente y le dijo a Óscar que tenía que entrar al quirófano. “Me dio miedo, primero pensé en la aguja que me iba a coser. Después pensé en cómo iba a quedar… cómo me iba a ver. Mi trabajo requiere que yo dé la cara a mis clientes, no podía quedar mal. Aquí tenía que confiar en él”, nos comentó mientras se movía de lugar dentro de su hogar.

La incertidumbre duró una hora. Por aproximadamente 60 minutos Óscar, en un asiento reclinado, sintió mucho más miedo que horas antes. Al salir de quirófano, el cirujano plástico lo valoró y lo dio de alta esa misma noche, en ese momento se dirigió al Ministerio Público de Naucalpan que está sobre periférico.

Cuando llegó estaba ansioso, tenía la necesidad de denunciar porque tenían todos sus documentos y podían suplantar su identidad. “Tardé como cuatro horas dentro del MP y tuve que regresar al día siguiente porque el único encargado a esa hora tuvo que salir a tomar la denuncia de un homicidio. No pude hacer nada en ese momento”. Óscar regresó a su hogar.

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Después de esto Lilia vivió tres meses de mucho miedo, estrés y desconfianza, y en los que seguidas noches no concilió el sueño. Pasados estos tres meses,  cayó en cuenta de que no podía vivir de rodillas toda su vida y decidió superarlo. No ha sido fácil, hoy todavía vive con miedo y es muy cautelosa en sus entradas y salidas. “Lo que más te vulnera es la dignidad de la persona”, comenta.

Después de una hora, antes de irse, los ladrones tomaron las corbatas de su esposo y les amarraron a ambos pies y manos y los metieron al clóset. Amenazaron con que si daban parte a las autoridades, tendrían represalias. No conformes, le pidieron las llaves de su automóvil y también se lo llevaron. Lilia y Víctor lograron desatarse, él inmediatamente reportó el auto como robado por si acaso los criminales lo utilizaban para otro delito, después llamó al seguro.

Acudieron al Ministerio Público de San Bartolo a eso de las dos y media de la tarde. Los atendieron hasta las seis y media de la tarde. Fue hasta entonces cuando la policía envió patrullas a vigilar, tuvieron que pasar otras tres horas para que se levantara el acta de los hechos y Lilia la firmara. Los días siguientes al incidente la vigilancia en Boulevares fue constante y las patrullas rondaban las calles cada hora, pero eso sólo duró un mes. “No quiero decir que los policías hayan estado coludidos con los asaltantes, pero te dejan muchas dudas… ¿cómo es posible?” comenta Lilia.

No es coincidencia que justo en este mismo periodo la vigilancia en las colonias ha disminuido drásticamente al grado de que las casetas policiacas están la mayoría del día vacías, y sólo en ocasiones transitan por las calles las patrullas que antes velaban día y noche.

Hay una cuestión psicológica en este tipo de hechos en que las personas parecen estar agradecidas con el ladrón porque no les hizo nada más, como si hubiera sido un favor el que no te hiciera más daño del que ya te hizo y eso no está bien, no es sano. Más que el robo, es el daño emocional que queda en ti, son cosas que no deberían pasar”, dice Lilia mientras acomoda su bolsa entre sus piernas.

Según el informe del SESNSP, el secuestro en el municipio de Naucalpan presentó un alza de 296 por ciento de 2013 a 2014, cifra que deja clara la inseguridad y el miedo que se vive en una entidad que pareciera inmune a la violencia.

3

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“Cuando regresé a casa no se sentía seguridad. Tenía mucho miedo porque ellos tenían todos mis datos, sabían todo… hasta sabían dónde vivía y yo no había podido hacer mi denuncia. Mi preocupación mayor ya no eran las cosas materiales, era que con toda esa información regresaran a hacerme daño a mí y a mi familia”, dice Óscar con la voz entrecortada.  

Al día siguiente Óscar volvió al Ministerio Público durante la mañana, tardaron aproximadamente de dos a tres horas para tomarle su denuncia. Dijo todo lo que pasó y los describió físicamente. “Sólo levanté la denuncia pero no me preguntaron si quería darle seguimiento. Si me hubieran dado la opción lo hubiera hecho. Malditos delincuentes malvivientes”, dijo Óscar con impotencia mientras le daba un sorbo a su vaso con agua.

Y así fue como pasó. Todo cambió para Óscar desde ese momento: cambió su rutina, sus hábitos y es ahora muy cuidadoso a la hora de entrar y salir de su casa. De igual manera no repara en dar indicaciones de seguridad a los miembros de su familia y les pide que, cada que lleguen a su hogar revisen que no haya nadie sospechoso fuera, de ser así que pidan ayuda o se vayan. Aunque hayan pasado dos años, el daño sigue siendo el mismo que entonces.

“Lo grave es que no les basta con llevarse tus cosas materiales sino que dañan a tu persona. Yo creo que el problema es que el gobierno no les da oportunidades a las personas. Esa gente necesita comer y no saber hacer nada más. No se justifica el robo ni mucho menos lo que hacen, porque sabemos que es gente sin educación y sin valores que cree que puede dañar a las personas. Pero esa es la razón por la que roban. También creo que es la envidia, te ven bien… aunque no saben el esfuerzo que has hecho para hacerte de las cosas y cometen estos actos. No es justo. La educación es primordial y los valores. Ser gente honesta… No lo harían si tuvieran conciencia de ello”, nos comenta Óscar mientras se lleva una mano al cuello.

El cuarto informe de gobierno del gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila Villegas, habla de un estado que está organizado: el pasado marzo de 2015 se informó a la ciudadanía sobre el inicio del Plan Tres, un plan que promete transporte estatal seguro, agrupamientos especializados, equipamiento de patrullas y una disminución en la incidencia delictiva; además, el gobernador anunció un decomiso de 11 mil 778 armas, pero pareciera que esto no es suficiente, o siquiera cierto.

Al menos en Naucalpan de Juárez las cifras demuestran que la realidad es completamente diferente. Es un municipio cuyo anterior presidente municipal, que tomó su puesto desde el 1 de enero de 2013 al 7 de enero del año en curso, David Sánchez Guevara, se encuentra actualmente en el penal de alta seguridad de Otumba desde el 20 de agosto de 2015, acusado de peculado.

Al día de hoy, Óscar lo ha superado porque está consciente de que no puede vivir con miedo todo el tiempo, aunque siempre cabe la posibilidad de volver a vivir una situación de este tipo y más porque pareciera que los gobernantes no hacen nada al respecto.

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Lilia decidió no dar seguimiento al delito. Se dio cuenta de que en las oficinas del Ministerio Público los empleados perdían el tiempo y buscaban cualquier excusa para no atender ni su caso ni el de ninguna persona que esperaba. Recibió un citatorio para hacer la aclaración, dar declaración y firmar. Una de las razones por las que no quiso continuar con el proceso, además de la ineptitud de los funcionarios de la oficina del MP, fue que no podían identificarlos.

Aunque sabía que los delincuentes tenían registro de sus caras, el coraje era más grande que el miedo, fue la falta de herramientas para comprobarlo lo que les impidió continuar.

Los informes de gobierno, carteles y comerciales transmitidos en televisión nacional emitidos por el equipo del actual gobernador Eruviel Ávila Villegas  el mensaje principal es la excelente seguridad que los mexiquenses respiran en las calles. Las cifras oficiales registradas en la Procuraduría General de Justicia del Estado coinciden con estas alegaciones y pareciese que, en efecto, los delitos han disminuido un porcentaje significativo cada mes durante los últimos dos años.

Pero una cosa es el número de denuncias que se han realizado, que es la cifra de la que el gobierno se apoya para dar el panorama de seguridad existente, y otra muy diferente son las que por razones diferentes y personales no se han realizado. Es el conjunto de ambas el que muestra la realidad actual de cualquier entidad, en este caso de Naucalpan, y al parecer las cifras apuntan del lado contrario de la moneda.

Hoy las patrullas pasan unas cuatro veces al día en la zona de Boulevares. Hay una caseta de policías a cuadra y media de la casa de Lilia, ahí los oficiales se estacionan y van al baño, no están mucho tiempo.

“Es grave que nos estemos acostumbrando a vivir en un ambiente de violencia. La delincuencia se ha organizado, nosotros no. Ellos piensan antes de actuar, te vigilan y crean un plan. Precisamente por estas cosas hemos dejado de confiar en los servidores públicos que supuestamente se dedican a la protección de los ciudadanos”.

Nayeli García y Paulina Hernández

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Este reportaje forma parte de una serie de textos que se trabajó en la clase de Periodismo especializado, a cargo de la profesora Verónica Sánchez, durante el segundo semestre de 2015.