En los Viveros de Coyoacán las familias suelen reunirse para pasar una rica tarde de domingo, pero Alejandra está segura de que en lo que le reste de vida nunca volverá a poner un pie en ese lugar.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México el índice de natalidad es en promedio de 2 millones 500 mil personas al año, siendo casi equitativa la cantidad de hombres y mujeres. Por otro lado, en un año mueren alrededor de 620 mil personas. Mueren más hombres que mujeres.

La pérdida de cualquier ser querido siempre va a ser dolorosa, pero puede llegar a impactar más el hecho de que un hijo se vaya antes de este mundo que su padre. Ésta es la historia de una familia que sufrió la pérdida de dos hijos y de cómo ha sido su vida después de la muerte.

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Alejandra es una mujer de 50 años, su familia está conformada por su esposo Javier, su hija Pamela y su perrito Roy, pero no siempre fue así: Javier Alejandro y Carlo Sebastián también formaban parte de esta familia.

Alejandra y Javier decidieron ser padres jóvenes a pesar de que no se encontraban en la mejor situación económica. El 26 de enero de 1987 Alejandra dio a luz a su primer hijo, Javier Alejandro.

«De mis tres hijos, mi güero fue el que más padeció carencias. Mi esposo, después de muchos trabajos esporádicos, tuvo la oportunidad de entrar a una gran empresa, donde gracias a Dios sigue después de tantos años. Pero estaba empezando y los dos teníamos que trabajar para salir adelante, así que mi bebé se quedaba en casa de su abuelita. Siempre fue un niño muy alegre, nunca le hicieron falta lujos para que tuviera una sonrisa en su boca», cuenta Alejandra.

Un día Javier le comentó a su esposa que tendría que salir de viaje, era su primer viaje de trabajo y estaba muy emocionado. Ale lo ayudó a hacer su maleta para que no se le olvidara nada, pero días antes de que Javier saliera de viaje Alejandro se contagió de paperas. Javier quería quedarse con su esposa a cuidar de su hijo pero era imposible, tenía que irse.

Alejandra no para de acomodarse en el sillón de su casa continuamente, se toca las manos todo el tiempo y algunas veces la cara para recordar ciertos detalles del relato, pero por más que lo intenta algunos datos no vienen a su mente.

El 23 de abril de 1990 el pequeño Alejandro amaneció peor de las paperas, Alejandra estaba desesperada, así que tuvo que llamar a sus suegros para que la ayudaran a llevarlo a un hospital. Ella en verdad lo veía muy mal.

Como si la angustia por la salud de su hijo no fuera suficiente, en ningún hospital querían recibirlo. «Ya estaba muy deshidratado y nadie quería cargar  con tal responsabilidad, finalmente terminamos en una pequeña clínica por La Viga, pero no recuerdo el nombre exacto», relata.

Alejandra se encontraba en la sala de espera con sus suegros y un amigo de la familia. No recuerda de forma precisa cuánto tiempo estuvieron esperando en el hospital, su mente simplemente lo borró.

–Familiares del niño Javier Alejandro.
–Yo soy su madre, dígame, ¿qué tiene mi hijo?
–Mire, señora, pasó algo muy raro con su hijo. El virus de las paperas afectó otras partes del cuerpo, en este caso fueron los riñones, el niño ya traía ciertos problemas en ellos pero nunca lo manifestó, es por eso que se afectaron tanto.
–¿Cómo está? ¿Lo puedo ver?
–Señora, hicimos todo lo que estaba en nuestra manos, pero no fue suficiente. Siento mucho darle esta noticia, su hijo falleció.

La escena era triste y desgarradora, las lágrimas no paraban. Alejandra entró en shock, no tenía cabeza para nada ni nadie. Su suegro, invadido de dolor, tomó valor y buscó un teléfono público para localizar a su hijo y darle la mala noticia. Al enterarse, Javier regresó inmediatamente para enterrar a su hijo y acompañar a su esposa.

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El Instituto Mexicano de Tanatología es una asociación civil sin fines de lucro dedicada a preparar a las personas para cualquier tipo de pérdida. Ellos definen el duelo como el estado de pensamiento, sentimiento y actividad que se produce como consecuencia de la pérdida de una persona amada o algo significativo para nosotros, asociándose a síntomas físicos y/o emocionales. De acuerdo con el instituto, la pérdida siempre es dolorosa y la persona necesita de tiempo y de un proceso para volver al equilibrio.

La doctora Elisabeth Kübler-Ross, especialista en tanatología, describió el proceso de duelo en cinco etapas:

  1. Negación: Es una defensa temporal para el individuo. Algunas pensamientos identificados en esta etapa pueden ser: «Me siento bien», «Esto no me puede estar pasando», entre otras.
  2. Ira o enojo: La víctima se rebela contra la realidad, todo le molesta, nada le parece bien.
  3. Negociación: Esta etapa involucra la esperanza de que de alguna manera se puede posponer o retrasar el tiempo o la muerte.
  4. Depresión: La víctima empieza a tener conciencia y a comprender lo que está ocurriendo, debido a esto el individuo puede volverse silencioso, pasar mucho tiempo llorando y lamentándose. No es recomendable intentar alegrar a una persona que está en esta etapa.
  5. Aceptación: El individuo comienza a sentirse cierta paz, los sentimientos y el dolor físico van desapareciendo.

Al preguntarle a Alejandra si había pasado por cada una de estas etapas, ella respondió que en su momento atravesó por algunas, otras se presentaron más adelante, y hay una que aún no logra procesar: la aceptación.

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Pasaron tres años de la desgracia que vivieron Javier y Alejandra. El recuerdo y dolor de la pérdida de su hijo seguían latentes, pero una noticia iluminó de nuevo la vida de esta pareja: el 16 de abril de 1993 Alejandra dio a luz a su segundo hijo, Carlo Sebastián. «Lo primero que hice al tener a mi hijo en brazos fue darle gracias a Dios y pedirle que me permitiera estar junto a mi niño el resto de mi vida», cuenta Alejandra.

La vida de esta familia mejoraba cada vez más: el 13 de enero de 1995 Alejandra dio a luz a su tercer hijo, en esta ocasión fue una niña, a quien nombraron Pamela. «Javier y yo no podíamos con tanta felicidad, al fin todo se estaba acomodando», recuerda Alejandra.

Una tarde de domingo Alejandra se arreglaba para salir a una fiesta y, como buena mujer, tardaba mucho en hacerlo. Javier decidió llevar a sus hijos a jugar al parque mientras su madre terminaba de alistarse.

«Decidí llevarlos a Viveros de Coyoacán: hay un par de juegos y es un lugar amplio para correr. Mis dos hijos iban en la parte trasera del auto; Sebastián ya sabía cómo desabrocharse el cinturón, Pamela no tenía ni dos años así que yo me encargaba de hacerlo», dice Javier.

Nos encontramos en el comedor de la casa de Javier. Antes de contarme lo que sucedió ese día en el parque, voltea hacia arriba, suspira y con lágrimas en los ojos comienza el relato.

«Sebastián amaba jugar con su pelota y ese día la llevaba consigo. Recuerdo que le dije que me esperara en la banqueta en lo que bajaba del auto a su hermana. La pelota rodó hacia la calle, Sebastián cruzó por ella, pero mi hijo nunca se percató de que venía un auto y lo atropelló».

De inmediato Javier llevó a su hijo al hospital más cercano, el niño seguía con vida. Alejandra llegó lo más rápido posible. También se encontraba la pareja que había estado involucrada en el accidente.

Salió el doctor que atendió a Sebastián para informar a los padres sobre el estado de salud del niño.

–¿Ustedes son los padres de Carlo Sebastián?
–Así es, doctor, ¿cómo está nuestro hijo?
–Miren, les voy a ser muy honesto. El niño está delicado, se encuentra en terapia intensiva, pero las probabilidades de que sobreviva son muy pocas.

A las pocas horas el doctor volvió a salir para informarles que el niño había muerto. La pareja no podía creer por lo que estaba pasando, por un momento imaginó que se trataba de una horrible pesadilla.

El INEGI señala que hay alrededor de 15 mil 355 muertes al año de personas entre 0 y 24 años. Dentro de este rango de edad hay mayor número de defunciones entre los 20 y los 24 años, mientras que mil 687 personas que mueren tienen entre 1 y 4 años de edad.

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A raíz de la muerte de Sebastián, Javier cayó en depresión: no tenía ganas de nada, por un tiempo dejó de trabajar, olvidó que todavía le quedaba una hija por la cual salir adelante. Por otro lado, Alejandra se dedicó a cuidar de Pamela, no quiso despegarse ni un instante de su hija.

«No te voy a mentir, mi proceso de duelo fue diferente al de mi esposo. Por un momento dejé a un lado mi dolor para darle entrada a mi preocupación, tenía miedo de volver a vivir algo así con mi única hija. No quería que cumpliera tres años, deseaba saltar ese año; mis otros dos hijos murieron a esa edad, era la maldición de los tres años», cuenta Alejandra.

Alejandra puso todos sus sueños en Pamela. Quería que la niña hiciera todo lo que ella no pudo lograr, incluso la obligó a estudiar una carrera que no le gustaba. Después de un tiempo Pamela decidió cambiar de carrera, algo que al final Alejandra y Javier aceptaron, pero fue difícil este proceso de aceptación.

La psicóloga Sandra Torres, en su tesina Duelo en padres que han perdido un hijo, habla de cómo se afecta el equilibrio familiar. Los hijos supervivientes pueden llegar a ser manipulados inconscientemente por los padres. Muchas veces los éstos buscan dotar de las cualidades del hijo fallecido al hijo superviviente. En algunos padres es frecuente que haya un tiempo en el que pasen por alto a los otros hijos.

Hace dos años Alejandra empezó con una molestia en una mano, el dolor incrementó al grado de no poder moverla. Poco a poco los dolores se extendieron y, después de varios meses, le detectaron artritis reumatoide. El resultado llamó la atención, debido a que se considera una mujer joven y no acostumbra a tronarse los dedos. Generalmente es une enfermedad que se presenta en adultos mayores.

La reumatóloga Nancy Rodríguez es la doctora que atendió la artritis de Alejandra, argumenta que existen varios estudios que demuestran que una de las causas de esta enfermedad es la depresión. Alrededor de 20 por ciento de los pacientes que tienen artritis padecen depresión.

Después de conocer estos datos, Javier le insistió a su esposa que acudiera con un psicólogo. Javier sabe que es imposible no sentir dolor por su pérdida, pero a él le sirvió mucho pedir ayuda de un especialista. Argumenta a su esposa que si va a terapia los dolores de la artritis disminuirán considerablemente.

El psicólogo Jesús Melgoza, egresado de la Universidad de las Américas, dice que asistir a una terapia puede llegar a cambiar nuestra vida. Habla de tres principales logros: 1) Ayuda a desahogar/expulsar culpas, dolores y resentimientos; 2) Transforma acciones, pensamientos y la forma de percibir las cosas; 3) Trasmutar, cambiar a un estado vibratorio diferente.

Hace un par de meses Alejandra decidió ir a terapia. Se siente mucho mejor, su ánimo ha cambiado, tiene ganas de salir y disfrutar con su familia, pues está consciente de que Pamela está creciendo, y de que pronto tendrá que hacer su propio hogar.

Para Alejandra fechas como Navidad, cumpleaños y Día de las madres resultan muy difíciles. Este último 10 de mayo Alejandra estaba reunida con toda su familia, veía cómo los hijos varones abrazaban a sus madres y le fue imposible resistir las ganas de llorar. Limpió sus lágrimas, abrazó a su hija y le recordó lo mucho que la amaba. Así es la vida después de la muerte.

Alexa Trujillo

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Este reportaje forma parte de una serie de textos que se trabajó en la clase de Periodismo especializado, a cargo de la profesora Verónica Sánchez, durante el verano de 2016.