Son las cinco en punto de una mañana fría en el sur de Boston. Despier­to con la desgraciada alarma que suena como un saco lleno de gatos en celo. Decido no dormir cinco minutos más, gracias a que recientemente en un artículo de internet aprendí que esta acción solo me hace sentir más cansancio. Bajo al baño preparado para la ducha mañanera que me dará fuerza para despertar y espero y espero a que el agua se caliente.

Mientras tanto, en estos dos minutos increíblemente prolongados, tra­to de quitar de mi encía ese miserable pedazo de palomita con el cual he peleado a morir desde anoche. La espera se vuelve interminable y la batalla con el maíz exhaustiva, mi mente no lo soporta. En un punto de desesperación, recuerdo a la amiga de mi abuela, Ethel, esa señora que siempre tenía comida entre su dentadura. Hace mucho no veo a Ethel.

Recuerdo que su cumpleaños era una semana antes que el mío, la abuela siempre lo decía y siempre me traía un pedazo de pay de du­razno de su fiesta. Una rebanada de ese pay de durazno era lo primero que mi abuela me daba de cumpleaños.

Yo no era el único que disfrutaba tanto de ese pay. Casualmente Ethel era abuela de un hom­bre muy temido y poderoso, Raymond Dartell, mano derecha del jefe de la mafia napolitana de la ciudad. Cada año, Raymond compraba un pay de durazno para el cumpleaños de su abuela, en una pequeña panadería de la calle 58, manejada por una humilde familia israelí.

Como era habitual, Raymond subió a su Gran Marquis 84’, condujo hacia la panadería is­raelí y compró el majestuoso pay. El reloj apuntaba al cuarto para las ocho cuando Dar­tell se dirigió al cuartel de operaciones de los napolitanos, justo después de ir por el pay de su abuela. Salió de su auto, metió el pay en la cajuela y entró al bar “La Nostra” de la calle 76.

Al llegar, observó el rostro de su jefe (se veía furioso), prendió su puro, ordenó un whisky en las rocas y revisó la bolsa de su saco en busca de antidepresivos. Después de su divorcio y las decenas de ejecuciones que su revólver había perpetrado, Dartell había desarrollado una apasionada relación con la mezcla de antidepresivos y licor de malta, lo cual le causaban esporádicamente pérdidas de memoria. El jefe estaba preocupado por su guerra contra los colombianos.

La noche anterior los sudamericanos habían robado un tráiler de cigarrillos, que los napolitanos habían previsto robar semanas atrás. Esto significaba que alguien estaba trabajando con los colombianos. El jefe dudaba de to­dos, incluyendo de Raymond. Los napolitanos estaban a punto de comenzar una guerra contra los colombianos por el control total de Boston.

El día en que se desataría la iracun­da tempestad del jefe de la mafia napolitana, era desafortunada­mente el cumpleaños de su “Tita” Ethel. El jefe pidió a Raymond encontrar y ejecutar a Fidel Ech­enique, primogénito de Gustavo “18 dedos” Echenique –jefe de la familia colombiana de la ciudad–, quien perdió dos dedos en sus hu­mildes comienzos en las plataneras de Colombia, por eso el apodo.

Raymond entró al coche, junto con sus inferiores en la jerarquía, Enzo Romagnoli alias el “Cane Corso” (raza más sanguinaria de perros italianos) y Franz Fachetti (el italo germano), quienes eran responsables de decenas de ejecuciones. Pasadas las nueve y media, se di­rigían a matar al futuro descendiente y heredero del poder de la familia colombiana de Boston.

Después de varias horas, hasta finalizar con éxito la búsqueda, Raymond, Enzo, Franz y el jo­ven Fidel Echenique conducían al muelle de la ciudad (el lugar ceremonial de los napolitanos para deshacerse de los cuerpos), cuan­do Franz recibió una llamada con órdenes del jefe de regresar al bar.

Más tarde, Raymond despertó jun­to a un basurero cerca del estacio­namiento de un supermercado. Se encontraba al lado de los cuerpos de Enzo y Fidel Echenique, cada uno con una bala entre las cejas. Él también estaba herido, una bala había atravesado su pecho sin per­judicar ningún órgano vital, por lo que después del balazo, cayó des­mayado y eso hizo creer a su ver­dugo que había muerto como los demás.

La llamada del jefe a Franz había sido para pedir la ejecución de Raymundo y Enzo. Franz siguió la orden, y disparó contra sus compañeros mientras ellos estaban en el muelle encargándose de Fidel Echenique. Subió los cuerpos a la cajuela, los tiró en los basureros detrás del su­permercado cerca del muelle y se fue.

Los napolitanos respetan la amis­tad, pero el negocio es primero. El jefe quería a Raymond como un hermano, pero su paranoia lo llevó a pensar que él era quien estaba trabajando encubierto para los co­lombianos. Raymond estaba per­diendo cantidades importantes de sangre.

Al borde de la muerte, Raymond Dartell recordó el pay de duraz­no. Ese pay que estaba dentro del Grand Marquis que Franz se había llevado. Recordó que en el super­mercado vendían pays de duraz­no. Arrastrando las piernas logró entrar a la tienda y, con los últi­mos suspiros que le quedaban, se formó en la línea de pago después de tomar un pay de una vitrina en la sección de repostería.

Había una sola caja abierta. Raymond se en­contraba luchando contra las frías caricias de la muerte, cuando la mujer delante de él pidió una recar­ga para su celular –justo después de que la señorita registrara las compras de su carrito. Raymond había preferido morir en el inten­to de hacer llegar el pay que tanto disfrutaba como regalo de cum­pleaños su abuela, a buscar ayuda para salvar su vida. Raymond Dar­tell tiró el pay de durazno, la cajera interrumpió a la mujer cuando dictaba su número telefónico, y ambas lo vieron morir. Esa tarde, en la fiesta de la “Tita” Ethel, toda la familia comió del delicioso pay de durazno.

Raymond, en una de sus tantas pérdidas de memoria, olvidó que le había pedido a Franz que entregara a su abuela el pay de durazno que estaba en el Gran Marquis, en caso de no sobrevivir a la misión. Como buen ita­lo-germano, Franz cumplió su promesa.

Finalmente, el agua se calentó. Entré a la regadera y me lavé los dientes hasta que pude escupir ese desgraciado pedazo de maíz. La incomodidad de la palomita desapareció, pero nunca olvidaré esa deliciosa rebanada que mi abuela me daba en mi cumpleaños. Te extraño abuela, descansa en paz.

 

El autor: Jaime Escobar Ibarrola

3 de febrero de 1995. Estudia en la Universidad Panameri­cana la licenciatura de Comuni­cación y está muy interesado en la creación de contenidos para guiones cinematográficos. Se encuentra envuelto en el mundo mediáti­co de la información con la fi­nalidad de poder transmitir sus ideas al público de una manera creativa.