“Güera, ¿no tendrá una moneda que nos regale? Es para una tortita”. Al doblar en la primera esquina de la avenida Mosqueta, una joven –de no más de 30 años– sentada sobre la banqueta llama mi atención. Junto a ella, se encuentra una niña dentro de una caja de madera. Al escuchar aquella oración enunciada con desgano, gesticulo mi mejor sonrisa, ocultando la aflicción que me ha provocado aquella escena, y entrego un billete de $50.

Después de caminar unos cuantos metros, arribé a la famosa Estación Buenavista, lugar de partida del primer ferrocarril de México, que salió de la estación hacia el puerto de Veracruz en 1873. Rodeada por la Biblioteca Vasconcelos, la legendaria estación es un punto donde se albergan los tres tipos de transporte urbano más importantes de la capital: la terminal del Metrobús, el metro y el tren suburbano.

Al entrar a la majestuosa edificación de color azul con blanco, observo una insignia de metal decorada con el escudo nacional, donde se lee: “De la antigua estación ferrocarrilera salió el personal del Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana (…) Para combatir al lado de las Fuerzas Aliadas, por la democracia y libertad de los pueblos del mundo y primordialmente para redimir el honor de la patria. 1944.”

La histórica Estación Buenavista fue testigo de la caminata de innumerables héroes nacionales, incluyendo aquellos que pelearon por México en el conflicto bélico más importante de la historia. Es paradójico, realmente, que el día de hoy únicamente exista una placa conmemorativa del acontecimiento, colocada sobre una inmensa pared blanca. El tiempo ha transcurrido, indudablemente, y solo algunas personas se detienen a observar con detenimiento aquel simple recuerdo que ha quedado en el pasado.

Pronto, dejo atrás el ajetreo y la luz citadina para adentrarme en lo que únicamente puede ser descrito como “un mundo dentro de otro mundo”. Frente a mis ojos, se encuentra un centro comercial de tres plantas, impregnado de olores y sonidos que convergen bajo un imponente tragaluz a 10 metros de distancia del piso.

En un segundo, siento sobre mi hombro el roce de un sujeto, que camina apresuradamente. “¡Perdón, perdón!… ¡Vamos amor, que se nos va!” El hombre, quien carga una lonchera infantil, parece dirigirse a un misterioso individuo a mis espaldas. Al voltear, veo el rostro sonriente de un niño que corre sin cesar con el fin de alcanzar la mano extendida de su padre. “¡Órale chamaco, no te quedes atrás!”

Perpleja ante toda la actividad que se desarrolla a mi alrededor, decido desplazarme del centro hacia un costado, donde el flujo peatonal es significativamente menor.

Recuerdo todavía el aspecto que pensé tendría este fascinante sitio. Había imaginado un lugar pequeño, sucio y meramente inseguro, repleto de una masa de comportamiento desordenado, carente de civilidad. Aquella estereotípica imagen se esfuma en seguida y comienzo a sentir una genuina vergüenza por mi ignorancia.

El número de agentes es impresionante, pues el servicio público del tren suburbano está concesionado por el Estado a una empresa privada. Sin embargo, se encuentran todos reunidos –y lo han estado por los últimos 15 minutos– en una esquina cerca del segundo andén mientras aprovechan su “hora de comida” para reír y discutir acerca de temas banales. Cada dos minutos, aproximadamente, el más robusto de todos vuelve la mirada hacia atrás, cerciorándose del buen funcionamiento de la entrada a los tres andenes principales.

Ahora comprendo la verdadera labor de los policías: evitar el ingreso de sustancias prohibidas. Un señor de edad avanzada se aproxima a los torniquetes con una botella de Jack Daniels; la esconde bajo su holgada chamarra de cuadros mientras desliza su tarjeta por encima del censor. Se detiene un momento al sentirse observado y me lanza una mirada de complicidad, a la cual respondo con una carcajada. Nada. Ningún agente de seguridad advirtió el ingreso de aquella bebida alcohólica.

Tiempo después, he decidido tomar asiento sobre una banca de metal. Al observar detenidamente el comportamiento de aquella multitud, el apresurado caminar de la mayoría transmite un ritmo similar al de un metrónomo en 4/4. El sonido se encuentra acompañado por un barullo indiscernible conformado por las voces de los individuos, donde conviven diferentes tonos y volúmenes, resultando en una sinfonía metropolitana exquisita… Cierro los ojos.

Habiendo bloqueado por un momento el sentido de la vista, comienzo a reflexionar. Cada persona que ha cruzado frente a mí desde el momento en que llegué es un ser humano complejo; un pequeño mundo repleto de ideales, sueños y metas por cumplir ¿Cuántos personajes con historias y anécdotas sorprendentes intercambian miradas y después pasan de largo sin detenerse? Si el reloj se detuviese en este momento, ¿qué sucedería entonces? Es imposible saberlo.

Se acerca un vendedor ambulante e irrumpe abruptamente mis pensamientos, diciendo: “¿Qué le damos? Tengo buñuelos, conchas, churros y me queda un chocolatín”. Devolviendo la mirada lentamente hacia la canasta que apoya con destreza sobre su rodilla izquierda, contesto: “Un buñuelo, señor, por favor.”

El día de hoy, cada experiencia sensorial ha sido completamente nueva. Este buñuelo cubierto de azúcar no es la excepción. Aquel sabor; la perfecta combinación entre dulce y salado, acaricia mis papilas gustativas. Definitivamente, el pan dulce de aquí no se compara con nada de “allá afuera”.

Poco después de las 5:00 pm, la ola de personas comienza a disminuir. Al parecer, el caminar de la colectividad se transforma en cuanto se aminora la cantidad de individuos y el ritmo cambia totalmente. Ahora, aquella sinfonía se caracteriza por largos periodos de silencio. Se escucha únicamente un murmullo que se debilita conforme pasa el tiempo.

De pronto, comienzo a sentir una impetuosa necesidad por levantarme a caminar. Al mirar directamente hacia el final de los túneles, la luz brillante ha iniciado a atenuarse. Incluso la atmósfera cambia conforme transcurren las horas y la tranquilidad invade el ambiente del recinto. Inmóvil, observo aquel fenómeno maravillada.

Ha llegado el momento de partir. Al dirigirme lentamente hacia la salida, la canción de Who can it be now suena a todo volumen. Aquel saxofón inconfundible ameniza mi partida, poniendo fin a una inolvidable travesía citadina.

Si bien conozco el camino, todo parece ser diferente. Las escaleras no se encuentran repletas de gente que se mueve en direcciones opuestas y sin rumbo fijo. Ahora, me encuentro totalmente sola. Al descender por los escalones grises de la entrada, miro hacia atrás y me siento invadida por la melancolía.

Con la estación a mis espaldas, doy vuelta en la misma esquina por la cual anduve hace unas cuantas horas, e incluso la mujer de aspecto taciturno que antes estaba sentada en la banqueta junto a su hija se ha ido. Nada, absolutamente nada, me es similar, solo el camino. La única constante soy yo.

Todo momento es único e irrepetible. Cada segundo que pasa forja una experiencia de vida singular. Un lugar puede permanecer igual en esencia, mas nunca será posible regresar verdaderamente. El tiempo, aquel viejo enemigo del hombre que, siendo capaz de curar cualquier herida y borrar cualquier huella, transcurre siempre a paso firme y no se detiene jamás.

Catina Ofelia Valentina

Nacida en la Ciudad de México, el 1 de junio de 1997, Catina Ofelia Valentina Flores Luiselli es una estudiante de tercer semestre de la carrera de Comunicación en la Universidad Panamericana. Sus intereses principales son la literatura, la publicidad y las relaciones públicas. Su principal aspiración profesional radica en la labor humanitaria y la creación de empresas de publicidad y relaciones públicas.